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viernes, 20 de julio de 2007

El pecado original, sus consecuencias y su solución


Versión 07-07-07


Carlos Aracil Orts



1. Introducción.


En el tiempo que nos ha correspondido vivir, principios del siglo XXI, escribir o hablar sobre el pecado puede parecer trasnochado. Esto es debido, en primer lugar, a la importante y extensa secularización que experimenta nuestra sociedad. Una gran mayoría de personas consideran que la Biblia no tiene nada que ver con la revelación del plan de Dios para la salvación de la humanidad. Gran parte de nuestro mundo ha llegado a convencerse de que la Biblia está compuesta fundamentalmente por relatos pueriles, que no son, por tanto, dignos de crédito alguno.


En segundo lugar, la interpretación que, una gran parte de los científicos, han hecho de los conocimientos que actualmente han alcanzado ciertas ramas de la ciencia, como la antropología, biología, biogenética, arqueología, geología, etc., apoyando, con entusiasmo, la teoría de la evolución, ha contribuido, sin duda, en gran manera sobre el estado de opinión de muchísima gente, que al no poder hacer frente a los argumentos científicos, acaba por abandonar sus escasas convicciones religiosas para refugiarse en lo que se le presenta como un hecho comprobado por la ciencia, y por tanto, infalible.


Hoy en día en los centros de educación de cualquier grado y en las universidades, se imparten asignaturas de las materias antes relacionadas en las que se presenta como un hecho, que el origen remoto del ser humano se debe a que una bacteria, por azar, o por no se sabe que misterioso proceso químico, se llegó a formar en este planeta en que vivimos, y de ahí, mediante una lenta y laboriosa evolución, descienden todos los organismos y seres vivientes, incluso, también el rey de toda la creación, que es el hombre.


Con todo lo antecedente y la gran divulgación y propaganda que se realiza a favor de la teoría de la evolución por los poderosos medios de comunicación, a través de variados y amenos programas, a nadie nos puede extrañar que se ridiculicen las creencias de las religiones cristianas en general, y en particular la del pecado original. Sostener, en determinados ambientes, la doctrina bíblica y cristiana de que existió una primera pareja que se llamaba Adán y Eva, que al desobedecer a Dios, comiendo del fruto prohibido, introdujo el pecado y la muerte en el mundo, puede resultar extremadamente chocante, y ser calificado como una creencia infantil ampliamente superada y desmitificada por los conocimientos actuales de la ciencia.


Sin embargo, abordamos el estudio de la doctrina del pecado original, porque consideramos que es fundamental el conocer y entender su significado, y la relación que tiene para la vida cotidiana y para la salvación del ser humano. Ello implica descubrir cuál es la naturaleza y condición humana, y responder las grandes cuestiones que desde siempre se ha hecho la humanidad: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Por qué existe la muerte, el mal, el dolor y el sufrimiento? ¿Existe solución para el problema del pecado, la maldad y la muerte?



2. Qué es el pecado original


El pecado original es el origen y la causa de la existencia del pecado en el mundo. Ésta es una razón de su “apellido” original, porque por él se inició el pecado en este planeta. Otro motivo para llamarlo así se debe a que las circunstancias en que se produjo fueron únicas y originales y que nunca más tuvieron lugar.


Tratemos de hacer un esfuerzo de imaginación para remontarnos al comienzo de la prehistoria de este mundo. Dios acaba de crear este planeta con todo clase de vida, y a la primera pareja humana, Adán y Eva con la misión de gobernar y administrar esa perfecta creación, le proporciona un maravilloso hogar en el jardín del Edén.


En este momento, el lector puede dar rienda suelta a su fantasía, y pensar en todo lo que es bueno y que, sin lugar a dudas, cualquier persona anhelaría y le haría feliz. Todos podemos tener en mente ese paraíso idílico, en el que no hay nada que no sea bello, agradable y armonioso. Nada falta, nada sobra. No hay violencia. No hay maldad. Todas las necesidades físicas, psíquicas y espirituales están satisfechas. Adán y Eva gozan de una perfecta armonía entre sí, con el entorno y con el Creador que les ha dado la vida y encargado del cuidado del paraíso. Su unión y amor al Dador de la vida les garantiza una perfecta santidad. Su naturaleza y su ser interior están llenos de la ley de amor y justicia que caracteriza a Dios, su Padre y Creador.


El hombre fue creado a imagen de Dios (Génesis 1:26,27). Si necesariamente Dios ha de reunir todo tipo de perfección en grado infinito, y ha de ser infinitamente santo y bueno para que le reconozcamos como Dios -de otra manera no sería Dios-, las criaturas creadas por Él, si son a su imagen, también deberán poseer todo tipo de perfecciones y virtudes, que lógicamente serán finitas como corresponde a todo ser creado.


Génesis 1:26


Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.” i


Génesis 1:27


Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.


Génesis 1:28

Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.


Como hemos comprobado, la primera pareja fue creada perfecta en todo y con libre albedrío orientado a la moral que proviene de Dios. El Creador, después de ponerla en el huerto del Edén, y darle instrucciones “para que lo labrara y lo guardase” (Gén. 2:15), les puso una sencilla prueba de obediencia: no debían comer “del árbol de la ciencia del bien y del mal” porque si así lo hacían morirían (Gén. 2:16,17). Necesitamos comprender, que su naturaleza, al contrario de la nuestra que está corrompida y esclavizada por el pecado, era totalmente libre, y su voluntad inclinada a hacer el bien, puesto que estaban en armonía y comunión con su Padre celestial. De aquí, que resulta inexplicable que, olvidándose y haciendo caso omiso del claro mandato de Dios, ambos, primero Eva y luego Adán, comieran del árbol prohibido.


No podemos entender completamente como unas criaturas perfectas, que vivían plenamente satisfechas y en comunión con su Creador pudieron fracasar en una prueba de obediencia tan fácil de cumplir. Todavía no es posible que expliquemos el misterio de la entrada del mal no sólo en el mundo sino también en el cielo, donde Lucifer y sus ángeles se rebelaron contra su Creador (Véase Isaías 14: 12-20, Apoc. 12: 4, 7-9; 20:1-3). Cuando estemos en “el cielo nuevo y la tierra nueva” (Apoc. 21:1-8), Dios nos aclarará todos los misterios que ahora no nos corresponden saber.


No obstante, nuestro deber es estudiar, analizar y aceptar todo lo que Dios nos ha revelado en su Palabra que está en la Biblia, tomando ejemplo y enseñanza, aplicándolo a nuestra vida, pues para nuestra edificación, santificación y salvación nos ha sido dado.


Así pues, es aleccionador para nosotros desentrañar los ingredientes implicados en el pecado original que cometieron Adán y Eva. No sabemos si ellos, por sí solos, sin la presencia del tentador, hubieran tomado la misma decisión de desobedecer a Dios comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal. La realidad de lo que sucedió es lo que importa. La Biblia nos revela que antes de que pecara la primera pareja, ya había aparecido el mal, personificado, primeramente en el cielo, por la rebelión del querubín Lucifer, y después en la tierra, donde se manifestó utilizando a la serpiente como médium (Gen. 3:1), la misma que Apocalipsis 20:2 identifica y descubre como el mismos diablo y Satanás.


Dios permitió a Satanás que los tentase así como también consintió que Jesús, su unigénito Hijo, postrer Adán (Rom. 5:14), fuera tentado en todo, en circunstancias tremendamente difíciles, y rodeado por los muchos malvados de sus días (Mateo 4:1-11, Heb. 4:15; 2:17,18). Por tanto, la tentación que sufrieron los primeros padres de la humanidad, no les exime, en absoluto de su responsabilidad.


Analizando lo que le ocurrió a Eva en el momento en que concibió el pecado (véase también Santiago 1:13-15) podemos aprender por qué pecamos nosotros. En primer lugar, vemos claramente que se despertó en la madre de la humanidad, una codicia por alcanzar la sabiduría. En segundo lugar, creyó a la serpiente, Satanás, no sólo cuando desmintió a Dios (“No moriréis Gén. 3:4), sino también cuando el diablo le aseguró “...serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal”( Gén. 3:5).


Si averiguamos cuál fue el error de Eva, seguramente podremos evitar nosotros caer en otras tentaciones, aunque en el caso de la humanidad caída, los descendientes de Adán, es bastante distinto, pues nosotros poseemos “la concupiscencia de la carne” de la que habla Santiago en la anterior cita (véase también Romanos 7:23-25), que nos incita a pecar, la cual no tenía Eva.


La equivocación o el pecado de Eva consistió en creer, a pies juntillas, lo que el primer desconocido que encontró -Satanás, hablando a través de la serpiente- le aseguró. Lo que implicaba, no sólo desobedecer la orden de Dios, sino dudar de la veracidad de Dios, considerar a Dios mentiroso. Supone desconfianza y pensar que Dios, al prohibirles comer del árbol, les estaba impidiendo ser como Dios mismo y conseguir la sabiduría de Él. Eva, la criatura, ambicionó ser como el Creador y poseer su sabiduría, no la que le correspondía como criatura perfecta en comunión con Dios, sino la sabiduría infinita del Padre celestial.


3. Consecuencias del pecado original para la humanidad.


Las consecuencias del pecado original sean hecho evidentes a través de los siglos. En primer lugar, el planeta tierra perdió su condición paradisíaca, y todo quedó afectado por el pecado, desde la relación del hombre con Dios hasta la relación del hombre con el hombre y con los animales.


En segundo lugar, según consta en la revelación bíblica, en la historia del mundo y experimentado por todos, es tristemente destacable que desde Caín ha habido una terrible y sobresaliente proliferación de la maldad, impiedad y violencia, que se han desarrollado y extendido, sin tregua, por doquier en todas las épocas y en todas partes.


Un tercer aspecto, no menos importante, es constatar la realidad de lo efímero de la vida del ser humano ante lo cual nadie puede permanecer indiferente. Desde la caída de la primera pareja, a lo largo de toda la historia, pasando por el presente y llegando hasta el futuro fin del mundo, no ha dejado, ni cesará de existir la muerte, cumplimiento fiel y justo de la sentencia de Dios a nuestros primeros padres (Gén. 2:17 úp: ...Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”).


El pecado en general se define en la primera epístola de Juan capítulo 3, versículo 4, como: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.” Aunque esta es una definición que nos aclara que cualquier acto que transgrede la ley moral es pecado, no agota en absoluto el término en su totalidad. Pecado fue también la actitud de Adán al querer vivir independientemente de su Creador. Éste deseo de autonomía de la criatura respecto del Dador de la vida, demuestra orgullo y soberbia y querer ser como Dios.


Como vimos, el pecado, que cometió la primera pareja, aunque original, también contiene el componente de todo pecado que consiste en transgredir la ley de amor en que se basa el carácter de Dios. Dicho pecado fue de codicia, soberbia, orgullo, desobediencia y desconfianza en Dios e implicó la ruptura de la comunión con el Creador: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.” (Gén 3:8). Y cuando Dios les llama: “¿Dónde estás tú?, sienten miedo por primera vez, son conscientes que han perdido su inocencia, y tratan de justificarse dando la culpa el hombre a la mujer, y ésta, a la serpiente (Gén. 3: 7-13).

Aunque Dios anunció su sentencia de muerte, ésta no sucede de inmediato, pues Dios es misericordioso, y da tiempo al pecador para arrepentirse. Adán todavía vivió 930 años, según se registra en Génesis 5: 5. En Génesis 3: 19 (“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.”), encontramos la confirmación del destino terrenal del hombre caído. La muerte se extiende a todos los hombres, puesto que en Adán todos pecamos. La muerte, pues, no significa, que el ser humano vaya a vivir en otra dimensión ya sea en el cielo o el infierno, sino, simplemente, que vuelve a la tierra, y se convierte en polvo. ii


Mientras que la ciencia, a pesar de todos sus avances y multitud de investigaciones nunca ha podido explicar el origen del mal, del dolor, del sufrimiento y de la muerte, la Biblia diáfanamente, con sencillez y al mismo tiempo con profundidad, nos revela cuál fue la causa de lo citado y cuál es la solución a todos estos problemas.

4. Cuál es la herencia del pecado original para la humanidad.


Seguramente, muchos se preguntarán, cómo este evento, que sucedió hace alrededor de 6000 años, ha afectado a todos los seres humanos que han nacido en este mundo y afectará a todos los que nazcan hasta el fin del mismo, que se producirá en la segunda venida de nuestro Señor Jesús. Puesto que, desde que el hombre existe en este planeta, la maldad, la violencia en todas sus manifestaciones, el dolor, el sufrimiento y la muerte son realidades que a nadie se le ocultan, no incidiremos más en ello. Nuestro propósito es demostrar con la Biblia, que todo lo anterior son consecuencias del pecado original de nuestros primeros padres, y que éste se hereda o transmite de padres a hijos.


Aunque los científicos aun no han encontrado el gen o genes que son portadores del “virus” del pecado original, la Palabra de Dios declara que nacemos con una naturaleza pecaminosa, que nos inclina o predispone a ser rebeldes y enemigos de Dios. Veamos algunos textos bíblicos que respaldan nuestra afirmación:


Salmos 51:5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.”


Romanos 5:12, 14, 18, 19


12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.


En mi opinión, es un hecho irrefutable confirmado por nuestra experiencia y avalado por la Biblia que todos los humanos nacemos con una buena dosis de egocentrismo, y con más o menos inclinación a hacer lo malo. A medida que alcanzamos el uso de razón, y en las diversas etapas de la niñez, adolescencia y edad adulta, se experimentan diversos grados de desconocimiento de Dios, de desconfianza y de rebeldía hacia Él, dependiendo, sin duda, de la educación que se reciba de los padres y del entorno. Aún cuando se haya nacido en un hogar cristiano, con padres bien formados, maduros en la fe y con buenas dotes de educadores, la condición o naturaleza de sus hijos es semejante a la de otros niños que nacen y se desarrollan en ambientes agnósticos o ateos. Sin embargo, aunque los primeros son privilegiados, respecto a los otros, el factor determinante no será la educación sino que sea “tocado” por el Espíritu Santo. Por tanto, mientras no nos llegue la conversión a la fe cristiana, experimentando por nosotros mismos una verdadera y auténtica relación de fe y amor a Dios, permaneceremos separados e irreconciliados con Dios.


Desde que Adán pecó por primera vez, se hizo evidente la degeneración moral que supuso independizarse de Dios: pronto Caín, por celos o envidia mata a su hermano Abel, y poco más tarde, la incipiente humanidad antediluviana alcanza el paroxismo del mal, llegando al máximo de rebelión contra Dios, hasta el extremo que Dios, después de advertirles, durante 130 años, mediante el fiel Noé, para que se arrepintiesen, decide realizar su primer juicio sobre los habitantes de la tierra, mediante un diluvio universal. Veamos los textos que lo describen vividamente:


Génesis 6:5

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”

Génesis 6:6

Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. 6:7 Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho. 6:8 Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová. 6:11 Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia. 6:12 Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra. 6:13 Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra.

A causa de su maldad, consecuencia del pecado original, todos los antediluvianos perecieron, hallando sólo Noé y su familia gracia ante los ojos de Dios. En su misericordia, Dios vuelve a hacer pacto con Noé semejante al que había hecho con Adán (Gén 9:1-17). La tierra está de nuevo deshabitada, y Noé recibe la orden de “...Fructificad y multiplicaos y llenad la tierra.” (Gén. 9:1). La historia se repite, pero ahora el hombre es conocedor del bien y del mal. Los salvados del diluvio han experimentado que separados de Dios no tienen más expectativa que la corrupción y depravación de sus personas, y su fin la destrucción de sus vidas. Dios le da instrucciones a Noé para guardar su integridad moral, y le confiere seguridad del cumplimiento de sus promesas, estableciendo con él la señal del pacto del arco iris, a fin de que ya no teman, pues Dios les promete que nunca más habrá diluvio sobre la tierra.


Inmediatamente después de la caída de Adán y Eva, Dios sentencia cuál será el destino de la serpiente antigua, el diablo o Satanás, y la de sus descendientes, que serán vencidos por la mujer y su simiente. Esto se encuentra en Génesis 3:15, versículo algo enigmático que textualmente dice: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Aunque no cabe duda que Dios anuncia aquí el enfrentamiento entre los hijos de Dios y los hijos de Satanás, el conflicto entre el bien y el mal a través de toda la historia de la humanidad, fundamentalmente se vislumbra la victoria final sobre el pecado y sobre Satanás (la simiente de la mujer le herirá en la cabeza).


A la vista de la historia, este evento tan importante, no puede ser otro, que el que se produce con el nacimiento, vida y muerte de Jesús. El punto culminante se produce, cuando Jesús, el Hijo del Hombre, nacido de la mujer, dentro de la nación elegida por Dios, muere en la cruz, clamando la frase “...Consumado es..” (Juan 19:30), que es el anuncio de que el pecado y Satanás son vencidos. De aquí en adelante todo aquel que en Él cree es justificado, y liberado del pecado y de las asechanzas o engaños de Satanás. En ese momento se cumple la importante profecía de las setenta semanas de años que dice así:


Daniel 9: 24 (Véase también Apocalipsis 12:9-10)

24 Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.”


A lo largo de todos los siglos, Dios atrae hacia sí a todos aquellos que en su infinita misericordia y bondad ha designado que sean salvos. Primeramente Él elige a Abraham, con el que hace nuevamente pacto (Gén. 17:2, 4,7), prometiéndole que en su “simiente serán benditas todas las naciones de la tierra...”, Él será el padre de todos los creyentes, y de Israel, pueblo escogido del cual nacerá el Mesías. Aquí Dios vuelve a ratificar la promesa de gran bendición que vendría de la descendencia de Abraham, la cual es Cristo, según testifica, Pablo, el gran apóstol de los gentiles en Gálatas 3: 16: “16 Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.”


5. La solución al pecado.


La experiencia de nuestra historia y de cada día demuestra que el ser humano caído está inclinado al mal desde su mismo nacimiento. La Biblia afirma que todo tipo de mal es pecado, y toda maldad, consecuencia del pecado original. Aunque una gran parte de nuestra sociedad actual, no reconoce la existencia del pecado, y por tanto, no considera políticamente correcto hablar del mismo, el pecado es una realidad innegable, con independencia que seamos capaces de reconocerlo también en nuestra propia persona. Es algo que diariamente observamos por doquier, por muy ciegos y sordos que nos hagamos a lo que ocurre a nuestro alrededor y en nosotros mismos. La Palabra de Dios lo testifica y lo confirma. La causa y origen de la muerte ya no representan misterio alguno, son sencillamente la consecuencia del pecado original y de nuestro pecado personal. El gran apóstol Pablo lo explica en los siguientes pasajes:


Romanos 5:12, 14, 18, 19

12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.


18 Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. 19 Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. 20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 21 para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.”


Por culpa de un hombre, Adán, entró el pecado, y por éste, la muerte. ¿Ha abandonado Dios al hombre a su suerte, a una muerte irremisible? De ninguna manera. El hombre pecó libremente, y recibió la recompensa que le correspondía: la muerte “porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús”( Romanos 6:23.).


Dios, pues, no se ha limitado a crear el mundo, al hombre, y a las leyes que lo rigen y lo sostienen, y luego dejar que todo se desarrolle según el libre albedrío de sus criaturas y el azar, sino que Dios es providente. Él gobierna el universo, y sostiene su creación con su poder infinito. Constantemente endereza las acciones malas de los hombres.


Prueba concluyente de que Dios no permanece expectante sino continuamente activo es que entró a formar parte de nuestra historia y del mundo por Él creado, haciéndose carne en la persona de Cristo, para recibir, en sustitución nuestra, la muerte que nos corresponde. La obediencia perfecta de Cristo cumple la ley de Dios, y su muerte vicaria satisface la justicia de Dios (Romanos 5:18). “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. (Romanos 8:1).


Por tanto, la solución al pecado del hombre está en Cristo: “... el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”(Juan 1:29 úp.). ¿Cuál es nuestra responsabilidad ante el grave problema del pecado? Primero de todo, debemos asumir que el pecado está no sólo en los demás, sino también en nosotros. Difícilmente acudiremos al Médico (Cristo) si no admitimos que tenemos la enfermedad producida por el virus o el germen del pecado: “Los sanos no tienen necesidad de médico sino los enfermos. (13)...Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.” (Mateo 9: 12, 13; Véase también: 1 Juan 1:8). En primer lugar, pues, abandonando toda altivez de espíritu, creeremos que la Biblia es la Palabra de Dios, que la verdad no está en nosotros si contradice la clara enseñanza de la Sagrada Escritura. Ella declara la verdadera condición del ser humano, y de que no hay ni un solo justo:


Romanos 2: 10-18


Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; 11 No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. 12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. 13 Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; 14 Su boca está llena de maldición y de amargura. 15 Sus pies se apresuran para derramar sangre; 16 Quebranto y desventura hay en sus caminos; 17 Y no conocieron camino de paz. 18 No hay temor de Dios delante de sus ojos.


En segundo lugar, ¿qué debo hacer para ser salvo? ...cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hechos 16: 30, 31). Así de sencillo. Si se nos pidieran grandes obras o sacrificios ¿No estaríamos dispuestos a intentarlo y hacer todo lo que fuese necesario? Cuanto más si la condición impuesta es solo un acto de fe, que no implica ningún costo. Claro que la fe no es un mero asentimiento intelectual a una o varias verdades espirituales sino que requiere, además de admitir nuestra condición pecaminosa (Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron...”), aceptar a Jesús como nuestra justicia (Romanos 3:22: “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él....” ). Siendo, entonces, “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.” (Romanos 3:24).iii


Llegados a este punto, si ha quedado claro que vivimos en un mundo donde el mal, el sufrimiento, la maldad, y todo tipo de violencia proliferan por todas partes, y en todo tiempo, y el destino del hombre es vivir precariamente unos pocos años y luego morir, ¿Por qué son todavía pocos los que buscan a Dios y ser salvados de la muerte y de la destrucción que espera a este mundo y a todos los malvados?


2 Pedro 3: 7: Pero los cielos y tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos.”


En Adán la humanidad cae y a causa de su inclinación al mal, muchos mueren y se pierden para siempre, pero el plan y propósito de Dios, desde la eternidad, es rescatar a su pueblo, a todos aquellos que no se conforman con el espíritu de este mundo (Véase 2 Cor. 4:4). Cristo se entregó a si mismo para redimir a los escogidos, a su iglesia (Hechos 2: 23; Romanos 4:25, 8:29, 32, Efesios 1: 4, 5, 11; 2:1).



6. Cuestiones implicadas en la doctrina del pecado original.


En la iglesia cristiana conviven dos concepciones o sistemas teológicos diferentes que, con algunas variantes, coinciden con las posiciones que sostuvieron Calvino (años 1509-1564) y, algo más tarde, Arminio (años 1560-1609) respecto al estado en que quedaron las facultades superiores del ser humano después de la caída.


Calvino afirmaba: 1) la depravación total de la naturaleza del hombre, es decir, incapacidad total de éste para llegar a la fe en Dios por sí solo, 2) elección incondicional –Dios, antes de la fundación del mundo, ha elegido a las personas que han de ser salvas sin tener en cuenta el mérito de las mismas, 3) expiación o redención de Cristo limitada para los creyentes –Cristo murió en la cruz sólo por los elegidos, 4) gracia irresistible –los elegidos no pueden resistir la gracia de Dios que obra en ellos la fe y la salvación, y 5) la perseverancia de los santos –los elegidos no pueden perder la salvación.


Este sistema teológico ha sido adoptado por las iglesias Reformadas o Presbiterianas, y muchas de las denominaciones Bautistas. Aunque fue sistematizado por Calvino, Lutero (1483-1546) y Zwinglio (1484-1531) sostuvieron la misma doctrina que, mucho antes, Agustín de Hipona (354-430) había expuesto.


Arminio, por el contrario, reaccionó defendiendo que el ser humano caído era todavía capaz de elegir creer en Cristo. Su naturaleza, aunque pecaminosa, no estaba tan depravada, ni esclavizada por el pecado, y por tanto, su libre albedrío le permitía, en cualquier momento, decidir aceptar a Cristo como su salvador personal, y reconciliarse con Dios. Como podemos deducir fácilmente, las afirmaciones de este sistema teológico, son prácticamente opuestas al llamado sistema Reformado o Calvinista: 1) Corrupción parcial de la naturaleza humana –la voluntad, o albedrío es libre o sea no esclavo del pecado, 2) la elección está condicionada a que la persona decida tener fe, 3) la expiación o redención es universal, Cristo murió en la cruz por todo el mundo, 4) la gracia de Dios es resistible, y 5) la salvación no está asegurada, y por lo tanto, el creyente, si no persevera en la fe, puede perderla. Juan Wesley (1730-1791) siguió esta posición, y en la actualidad, existen muchas iglesias nuevas, como las pentecostales y otras que tienen estos o parecidos postulados de origen arminiano.


En este estudio apoyamos el sistema Reformado por creer que se ajusta más al contexto general de la Biblia, y es un sistema más lógico y coherente en todos sus principios. En los párrafos siguientes nos limitaremos a exponer los argumentos que demuestran la depravación total de la naturaleza humana o la incapacidad total del hombre caído para elegir creer en Dios y a Cristo como su Salvador, sin que Dios haga el milagro de la regeneración de su naturaleza.


Trataremos de respondernos a algunas preguntas como: ¿En qué ha quedado afectado el hombre, como imagen de Dios (Gén. 1:26), a causa del pecado original? ¿Qué ha ocurrido con su voluntad, libre albedrío, razón, mente y entendimiento?


A lo largo de esta exposición creo que se ha demostrado la indudable pecaminosidad de la naturaleza humana caída y su tendencia e inclinación a hacer lo malo, como lo demuestra nuestra historia y los eventos que diariamente suceden, por lo que no volveremos a incidir nuevamente sobre ello. Parece, pues, evidente que el hombre al decidir separarse e independizarse del Creador, perdió la cualidad moral de santidad que caracteriza a Dios. Por tanto, un primer efecto procedente de su rebelión original es una profunda degradación espiritual, consecuencia de haber cortado la relación de comunión con el Padre (tres veces Santo). Ahora bien, debemos ir a la Biblia para ver hasta que extremo esto es verdad, y para ello leeremos:


Efesios 2: 1-4:


1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)...”


Estos versos afirman taxativamente, “que en otro tiempo”, cuando vivíamos en nuestra naturaleza pecaminosa, antes de ser rescatados por Dios, estábamos muertos en pecados, lo que significa que existía una completa muerte espiritual, nula relación con Dios, y fue necesario que Dios nos diera la vida espiritual antes de empezar a creer, pues un muerto es incapaz totalmente de hacer nada. Es necesario, pues, que se nos dé la vida en Cristo para poder tener fe y creer. De aquí, que consideremos errónea la doctrina de las iglesias cristianas que sostienen el principio arminiano de que el ser humano aun es capaz de acercarse a Dios.


En nuestra opinión, creemos que la naturaleza pecaminosa del hombre natural es tal que toda ella, lo que incluye por supuesto las facultades superiores, como la voluntad, razón, mente, entendimiento, está esclavizada por el pecado y por tanto, su inclinación es hacia lo malo. Para demostrarlo citaremos algunos textos que apoyan la idea de que toda la mente del ser caído está esclavizada por el pecado y es incapaz de agradarse con las cosas que se refieren a Dios y a nuestra salvación en Cristo. Veamos:


1ª Corintios 2:14


14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”

No es sólo su voluntad sino el hombre natural, todo él, el que no puede percibir las cosas de Dios, porque para él son locura y no las puede entender. Todos los creyentes, hemos pasado por ese estado, y sabemos por experiencia que es cierto. Las cosas de Dios no nos agradaban, nos parecían aburridas y hasta absurdas. ¿Cómo podíamos entender que la muerte en la cruz de Cristo representaba nuestra justificación y salvación si ejercíamos fe en ello? Era imposible, para nuestra naturaleza aun no regenerada, creer en tales cosas.


A continuación presentamos unos textos que prueban, con más rotundidad si cabe, que la mente o voluntad del hombre natural o carnal -aquel que todavía no ha sido hecho una nueva criatura en Cristo, no puede ser libre ni neutral, pues necesariamente tiene que estar inclinada hacia el pecado o hacia Dios, pero, en ningún caso, es imposible que sea neutral.


Romanos 6: 16-23

16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. 19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.


20 Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. 21 ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. 22 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. 23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.


Observemos que pertenecemos a aquel a quien obedecemos, si al pecado, para muerte, o a Dios, para santificación y vida eterna. Notemos, que por nosotros mismos no podemos liberarnos del pecado, sino que Dios es el que nos da la vida espiritual en primer lugar, y, solo entonces, al haber sido regenerados, decidimos a quien queremos servir, si a Dios para vida eterna o al pecado para muerte eterna. La personal carnal percibe la concupiscencia de la carne como deseable, y por tanto, su voluntad tenderá a hacer aquello que le agrade más. Veamos cuales son las intenciones o deseos de la carne según Romanos 8:7: “7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; 8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”


7. Algunas objeciones a la doctrina Reformada que sostenemos.


Nuestra actitud debe ser lo suficientemente humilde como para no tratar de ir más allá de lo que ha sido la voluntad de Dios revelarnos. Por tanto, no pretendemos poder explicarlo todo. Reconocemos que también este sistema teológico no está exento de dificultades, pero creemos que se adapta mucho más a la Palabra de Dios que el sistema arminiano. Existen interrogantes que no cabe siquiera que nos los planteemos porque no pertenecen a la voluntad revelada de Dios, como por ejemplo: ¿Por qué Dios, desde antes de la fundación del mundo, ha decidido predestinar a una gran multitud de gente, reunida de entre todas las naciones, y de todos los tiempos, para salvación y vida eterna, y, sin embargo, deja, con solo el llamado común del evangelio, al resto no incluido en el primer grupo, permitiendo que, en este segundo grupo, sea la decisión de cada cual, de seguirle a Él o al dios de este siglo, lo que determine su salvación o perdición?


¿Significa esto que Dios hace acepción de personas? De ninguna manera. Dios no actúa arbitrariamente sino que tiene sus motivos, que no nos corresponde a nosotros saber, para elegir a unos para salvación eterna y dejar a otros para perdición eterna. Él es soberano, infinitamente santo, justo, bueno y sabio, y no puede equivocarse. Peor sería que nuestra salvación dependiera de nosotros, personas caídas, con naturaleza pecaminosa, inclinados al mal, incapaces de elegir lo bueno. Sería terrible si la salvación dependiera de nuestra habilidad, inteligencia, sabiduría, conocimientos, méritos o de nuestro albedrío esclavo. En ese caso la salvación no estaría asegurada para nadie, y desde luego, podríamos vanagloriarnos de haber aceptado y elegido a Cristo, y no seguir, como la mayoría, al dios de este siglo.


A continuación consideramos unos textos bíblicos que indican claramente que Dios no hace acepción de personas:

Deuteronomio 10:17


17 Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho;”


Hechos 10 34:


34 Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas.”


Romanos 2:11

“Porque no hay acepción de personas para con Dios”


San Mateo 5:45


Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.”


Véanse también Gálatas 2:6; Efesios 6:9; Colosenses 3:25; 1 Pedro 1:17.


Puesto que nadie sabe si pertenece o no al grupo de los elegidos para salvación, la actitud más sabia consiste en reconocer, humildemente, nuestra naturaleza pecadora, y acudir al único que tiene poder sobre el pecado y para cambiar nuestra condición o naturaleza, Cristo, el gran Médico, y Él quitará de nosotros esa enfermedad. Tengamos siempre presente que “5...Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Humillaos, pues,...” (1 Pedro 5: 5úp, 6pp.), y “Acerquémonos, pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:16; véase también Juan 6:37, y Juan 15:22).


Otra objeción que suele hacerse es la siguiente: Puesto que afirmamos que la voluntad o albedrío, en la faceta que compete con los asuntos de Dios y de la moral en general, está esclavizado por el pecado en el hombre natural, y que, por tanto, al no actuar libremente sino condicionado por la naturaleza pecaminosa, ¿se podría deducir, de esa premisa, que el ser humano no es responsable de sus actos? Si el hombre natural, no es capaz de arrepentirse, ni de tener fe en Dios y en el Salvador Jesucristo, ¿resultaría por ello que ya no tendría que dar cuenta de sus actos y que no sería responsable ante Dios y los hombres? Pongamos, por ejemplo, que una persona tiene una deuda que no puede pagar, ¿le exime ello de pagarla?.


Dios nos exige el cumplimiento perfecto de la ley moral para salvarnos. Y puesto que el hombre no es capaz de obedecerla perfectamente en todos sus puntos, ¿queda por ello exonerado de cumplirla? ¿No sería responsable ante Dios si la transgrede, aunque sea en un solo punto? (Véase Santiago 2:10)


El propósito de la ley de Dios es dar a conocer el pecado. Y la demanda o exigencia de Dios para que guardemos, respetemos y obedezcamos su ley, no demuestra, en absoluto, que tengamos capacidad para cumplirla enteramente. Veamos algunos textos:


Romanos 3:20

20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. “


Romanos 7:7-12


7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. 8 Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. 9 Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. 10 Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; 11 porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. 12 De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. “


La ley se introdujo para que el hombre no pudiera excusarse de que desconocía lo que era pecado, y para que el hombre quedara convicto de pecado y de juicio, y no tratara de justificarse con su propia justicia; veamos:


Romanos 5:20, 21


20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 21 para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.”


Romanos 3:19


19 Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios;”


Si el libre albedrío necesitara ser neutral para ser verdaderamente libre, entonces ni los santos ángeles ni Dios tendrían esta cualidad pues ellos no pueden pecar porque su naturaleza es santa. Su albedrío es verdaderamente libre porque de su propia naturaleza no pueden salir sino actos moralmente buenos. Ésta será la naturaleza espiritual que los seres humanos salvados recibiremos en la resurrección. Ellos serán incapaces de pecar. Nunca más habrá quien haga pecado. El pecado habrá sido desarraigado y eliminado de todo el universo.


8. Conclusión.


El dolor, el sufrimiento, la violencia en todas sus formas, la maldad y la muerte son hechos reales de este planeta tierra. La Biblia afirma que todo ello es consecuencia del pecado original y, por extensión, de todos los pecados individuales de todas las personas. No existe ni un solo justo en la tierra. Todos hemos pecado, y nacemos en pecado con una naturaleza pecaminosa consecuencia del pecado original.


En el sistema Reformado, también conocido como calvinismo, se considera que la naturaleza caída del hombre carnal o natural es totalmente incapaz de buscar a Dios y de desear su salvación mediante Cristo. Esta naturaleza heredada de Adán se afirma que está totalmente depravada o corrupta, lo que significa que las facultades superiores del hombre están esclavizadas por el pecado para los asuntos de Dios y de la ley moral. Esto no quiere decir que el hombre no tenga libre albedrío natural, para las decisiones que no impliquen aquellos asuntos, ni tampoco que el ser humano sea todo lo malo que quiere y puede ser.


La muerte que toda criatura ha de experimentar más tarde o temprano, es una consecuencia del pecado original, y así lo declara contundentemente la Palabra de Dios:


Romanos 5:12, 14, 18, 19

12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.


18 Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. 19 Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. 20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 21 para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.”

Muchos han objetado que es injusto que heredemos el pecado de Adán y Eva, puesto que no participamos en ello, y por tanto no somos directamente culpables. Sin embargo, es evidente que ellos nos representaban a todos, a toda la humanidad. La primera pareja, al ser creada directamente por Dios, era totalmente perfecta, y de su comunión con Dios dependía su santidad y su vida. Ninguna criatura humana podía haber sido creada más perfecta y que tuviera la cualidad del libre albedrío. Por tanto, ellos fueron los mejores representantes que pudimos tener.


Quizá lo entenderíamos mejor, con el siguiente ejemplo: Cuando alguien asume nuestra representación, como en el caso de las autoridades, nuestros gobernantes, o simplemente una persona a la que damos todos los poderes para actuar en nuestro lugar, ya sea una abogado, o un amigo en el que tenemos puesta toda nuestra confianza, si éste o aquellos se equivocan, o nos traicionan nos pueden llevar a un desastre, puesto que hemos delegado en ellos, y somos totalmente responsables por lo que ellos hayan hecho en nuestro lugar. Éste símil es algo distinto, pues en el caso de la primera pareja no fuimos nosotros los que delegamos en ella sino Dios quien les dio toda la autoridad, pero el Dios infinito no pudo equivocarse en esa creación, pues entonces no sería Dios.


Dios pudo haber destruido a nuestros primeros padres nada más pecar, pero, parece ser, era necesario que surgiera el pecado y se conocieran sus consecuencias para que una vez extirpado del mundo, este conocimiento y experiencia que se ha tenido del pecado, fuera el antídoto para que nunca más apareciese en ningún otra criatura del universo. Por otro lado, Dios pudo mostrar su infinita misericordia, pues “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”(20), y su infinito amor, Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación.” (2 Corintios 5:19).


De esta manera Dios establece su maravilloso Plan de Salvación: por un hombre, Adán, entró el pecado y la muerte en el mundo, y por otro, Cristo, figura de Adán, llegó la justicia y la vida eterna. Notemos que, así como se nos imputa el pecado de Adán, por la gracia de Dios se nos imputa la justicia de Cristo, y el perdón de todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros. Cristo es pues la solución al problema del pecado y de la muerte: ”Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.(Juan 3:16). Cristo cumplió la ley moral que nosotros no podemos cumplir, nos imputa su justicia, es decir, sus méritos, esa vida de perfecta obediencia a la voluntad del Padre. Si por la fe le creemos, Dios nos declara justos, y nos capacita mediante la regeneración de nuestra vieja naturaleza, y nos da el nuevo nacimiento, y con él la vida eterna.


En Romanos 5:18 y 19 (citados antes) queda especialmente evidenciada la lógica de la imputación de la justicia de Cristo a los pecadores. Así como en Adán todos somos pecadores, porque, sin ser responsables, se nos imputa el pecado de Adán, por la obediencia de Cristo, se nos imputa su justicia.


Espero que este estudio, que sólo ha pretendido poner en orden mis propias ideas sobre los fundamentos de mi fe, haya podido también ordenar las tuyas o simplemente aclarar alguna laguna que tuvieses. Y si no eres todavía creyente o tienes dudas, espero que te haya servido para disiparlas o para motivarte a investigar más en la Biblia, pues ella contiene palabras de vida eterna. Si todavía no puedes creer ora, como hizo el personaje al que se refiere Jesús en los siguientes versículos:


Si ya eres creyente, espero que, con la gracia de Dios y con este estudio, que sólo ha pretendido poner en orden mis propias ideas sobre los fundamentos de mi fe cristiana, hayas podido ordenar también las tuyas, o bien simplemente subsanar alguna laguna que te quedara de este tema tan importante. Y si no eres todavía creyente o tienes dudas, deseo que te haya servido para disiparlas, o para motivarte a investigar más en la Biblia, pues ella contiene palabras de vida eterna. Si todavía no puedes creer, ora como hizo el personaje al que se refiere Jesús en los siguientes versículos:


Marcos 9: 23, 24:

23 Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. 24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.”


Y, además, medita en los siguientes pasajes del Nuevo Testamento:


Romanos 5:1:


Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesús.”


Romanos 5:8-11:


8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9 Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. 10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 11 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”


2ª Corintios 5:14-21


14 Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; 15 y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.


17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.


Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosorts@gmail.com


i Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.


ii El tema de si hay vida después de la muerte, lo he tratado concretamente en varios artículos de la serie de estudios encabezados por el titulado El estado de los muertos en esta misma dirección de Internet.


iii Se puede ver con más amplitud el tema de la justificación por la fe, en el estudio titulado ¿Qué significa ser justificado ante Dios según la Biblia? Publicado en esta misma página Web.

martes, 5 de junio de 2007

¿Qué significa ser justificado ante Dios según la Biblia?


Versión 01-06-07

Carlos Aracil Orts

1. Introducción.

Muchas personas pueden preguntarse, en primer lugar, qué significa ser justificado ante Dios, y en segundo lugar, por qué es importante, necesario e imprescindible que tal evento ocurra o se realice en algún momento de sus vidas.

¿Tiene esto algo que ver para obtener éxito y triunfar en este mundo? ¿se logra la felicidad tan ansiada por todos? ¿es quizá un buen método para obtener buenas relaciones de amistad con los demás? O ¿sirve sólo para obtener la paz mental? ¿tiene que ver con la salvación, es decir, con adquirir el derecho para ir al cielo en lugar de ir al infierno?

En los siguientes puntos trataremos de aclarar todas estas cuestiones, y veremos lo importante que es para la vida de un creyente el considerarse aceptado y justificado por Dios, y cómo ello redunda en una mejor relación con Dios, y por tanto, en una mayor paz y seguridad en la salvación. También observaremos que como consecuencia de sentirse justificado por Dios aumenta nuestra confianza y amistad con Él, disminuye nuestro temor al futuro y crece nuestra capacidad de amar a Dios y a nuestro prójimo.

2. La justificación: el corazón del evangelio de la gracia.

La justificación por la fe constituye el auténtico, verdadero y único evangelio de la gracia, que tantos han tratado de adulterar, y por el que los Reformadores y otros muchos han dado su vida o la entregarían sin dudarlo.

Juan 3:16:

“Porque de manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Nuestra justificación ante Dios no es posible sino es por medio de la vida y muerte de Jesús. Él ofreció su vida por nosotros y alcanzó la victoria sobre el pecado y la muerte, por eso sin Él no existiría justificación ni salvación. Ser justificado significa apropiarse de los méritos y vida de Cristo, su justicia en lugar de la nuestra, e implica la salvación. Justificación es sinónima de salvación. Todo justificado es salvo para siempre, y tiene la vida eterna. El fundamento de nuestra justificación no es nuestra fe sino Jesús y su sacrificio expiatorio. La fe es el medio para acceder a la gracia de Dios y para aceptar a Jesús y su obra por nosotros, y esta gracia es permanente (Rom. 5:2: “Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.”; Rom. 14:4, up.; Fil. 1:6).

Romanos 5:1*:

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesús.”

Primero de todo es necesario saber a qué nos referimos cuando usamos las palabras, en sentido bíblico, de justificación, justificado y justo, que indudablemente tienen que ver con justicia, pecado y ley. Son todas ellas términos morales íntimamente relacionados.

La primera epístola de Juan capítulo 3, versículo 4 dice así: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.” Por tanto, queda claro la definición de pecado según la Biblia.

Ahora quizá podríamos preguntarnos a qué ley se está refiriendo el apóstol Juan. Sin duda que no puede referirse a otra que la ley moral que Dios ha puesto en nuestras conciencias, y que aunque, a veces, allí se olvide o se pase por alto, también nos ha sido revelada a través de la Biblia, en el Antiguo y, especialmente, en el Nuevo Testamento donde se nos muestra ampliamente como una ley de amor: Amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:37-39; Marcos 12:30, 31, Mateo 5:21-48).

Esta ley nos muestra nuestra imperfecta condición humana, al hacernos conscientes de nuestras limitaciones y defectos que nos impiden guardarla o cumplirla en su totalidad (Rom. 3:20, 7:7). Por tanto, debemos reconocer, ante todo, que no somos capaces de cumplir los requerimientos de esa ley. Además, tratar de cumplirla en todo para alcanzar la salvación es inútil, y nos conduce al legalismo, es decir una condición en la cual el verdadero amor se desvanece, y se va sustituyendo por un afán de lograr la justicia que exige la ley por medio de nuestras defectuosas obras y débiles esfuerzos humanos.

Romanos 3: 19, 20

“19 Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; 20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.”

Por si aun no nos hemos dado cuenta, la Biblia declara cuál es nuestra condición ante Dios:

Romanos 2: 10-18

Como está escrito:

No hay justo, ni aun uno;

11 No hay quien entienda.

No hay quien busque a Dios.

12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;

No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

13 Sepulcro abierto es su garganta;

Con su lengua engañan.

Veneno de áspides hay debajo de sus labios;

14 Su boca está llena de maldición y de amargura.

15 Sus pies se apresuran para derramar sangre;

16 Quebranto y desventura hay en sus caminos;

17 Y no conocieron camino de paz.

18 No hay temor de Dios delante de sus ojos.

La ley requiere su cumplimiento. Si no la cumplimos somos injustos y pecadores. Entonces, ¿requiere Dios a todos los seres humanos la justicia que dimana de su ley? Por supuesto que sí. (ver más adelante Romanos 8:4)

Ahora descubrimos, que no somos justos, que no podemos alcanzar la justicia que requiere la ley, que nada bueno que hagamos podrá justificarnos ante Dios:

Romanos 3: 20

20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.”

Llegamos a un punto que parece que estamos en un callejón sin salida: somos pecadores, no podemos cumplir la ley, y por tanto merecemos la muerte: “porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús” (Romanos 6:23). Ahora nos damos cuenta de que estamos perdidos, y podemos empezar a comprender lo que dijo Pablo en los siguientes pasajes:

Romanos 7:23-25:

“21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.”

En este momento, cuando reconocemos nuestra incapacidad, y que nuestras mejores obras son inmundicia para Dios, Él nos manifiesta su magnifico plan de la salvación. En sustitución de la justicia humana que no podemos obtener, y de la muerte que merecemos, nos ofrece su justicia, la vida y muerte de Cristo por la nuestra. Él mismo, crucificado en Jesucristo se transforma en nuestra justicia, la justicia de Dios.

En esto consiste el plan de salvación, en que Dios nos ofrece su justicia, la que Cristo adquirió siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por tanto, era necesario, que nuestro sustituto nos pudiera representar en todo (Heb. 1:17,18). Debía ser semejante a nosotros pero sin pecado (en semejanza de carne de pecado, Romanos 8:3,4), y triunfar donde nosotros fracasamos, obtener la victoria sobre el pecado, y satisfacer completamente las demandas de la ley para poder convertirse en nuestra justicia. Veamos como lo explica maravillosamente el gran apóstol Pablo:

Romanos 8: 3, 4

“3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;”

“4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”

Cuando creemos en Jesucristo como nuestro salvador personal, estamos reconociendo nuestro pecado y la debilidad de la carne para cumplir la ley, y decidimos apropiarnos de la justicia de la ley que consiguió Cristo para nosotros. De ahí en adelante, nuestra victoria sobre el pecado depende de que permitamos al Espíritu que gobierne nuestra vida, es decir “...que no andamos conforme a [los dictados de] la carne, sino conforme al Espíritu.”

Romanos 8: 5-17

“ 5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. 7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; 8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

9 Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

12 Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; 13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 17 Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.”

3. Cómo se adquiere la justicia de Dios

El medio requerido por Dios para imputarnos su justicia es la fe. Simplemente debemos reconocer nuestra impotencia para alcanzar la justicia que demanda su ley y nuestra pecaminosidad, y creer en Jesús, como el Hijo de Dios, el Mesías, nuestra justicia, y confiar plenamente que Dios nos dará la victoria, sobre el pecado y la muerte, por el Espíritu Santo. Atendamos ahora a las palabras magistrales que Pablo expresa a continuación en:

Romanos 3:21-28

“21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; 22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios

24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,

26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.

28 Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

Ahora empezamos a entender a Pablo. En el párrafo anterior hemos hablado y tratado de aclarar lo que es la justicia de Dios satisfecha en Jesucristo. Aquí Pablo nos explica que dicha justicia se alcanza por medio de la fe. Dios, en Cristo, es el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús (verso 26). Podemos preguntarnos ¿a qué precio obtenemos la justicia o somos justificados? ¿es necesario que hagamos multitud de obras, sacrificios, peregrinaciones etc. para ser justificados por Dios? La respuesta no puede ser más explícita y clara (versos 24 y 28):

24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,...28 Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

4. Cuándo y cómo somos justificados por Dios.

Como ya hemos dicho, somos justificados, cuando reconocemos nuestra condición imperfecta, el pecado que habita en nosotros y la incapacidad de vencerlo por nosotros mismos, y entonces aceptamos a Cristo y su sacrificio como nuestra justicia. Dejamos de confiar en nuestros propios méritos y nos acogemos a él como artífice de nuestra salvación de todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros. En ese momento, la justicia de Dios en Cristo o la justicia que Cristo ganó para nosotros se nos imputa, lo que quiere decir que se nos pone o acredita en nuestra cuenta, y ya somos considerados justos ante de Dios.

Así es, pues, cómo se realiza nuestra justificación, es decir, como una imputación de la justicia de Cristo, se nos considera justos, aunque no lo seamos, porque otro (Cristo) ha pagado nuestra deuda.

Dios, en el Antiguo Testamento, reveló a Abraham las buenas nuevas de la justificación o salvación por fe, prometiéndole, que en él serían benditas todas las naciones. Veamos como nos cuenta Pablo en que consistió el pacto de Dios con Abraham:

Gálatas 3: 6-14:

“6 Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. 7 Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. 8 Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. 9 De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.

10 Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. 11 Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; 12 y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. 13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), 14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.”

Pablo, en varios pasajes de Romanos 4, poniendo como ejemplo a Abraham, hace énfasis en que la justificación de Abraham ante Dios, o sea el que Dios le considerase justificado o justo ante Él, no dependía de las obras en absoluto sino de la fe. “Su fe le fue contada por justicia” (Rom. 4: 3, 22), es decir atribuida, imputada, acreditada en su cuenta.

Romanos 4:1-5

1 ¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? 2 Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. 3 Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.

4 Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; 5 mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.

Así pues, la fe es sólo el medio por el cual se nos pone en nuestra cuenta la justicia de Cristo. Aquí es necesario aclarar, que la justificación no nos hace justos realmente. Mientras vivamos en este cuerpo mortal, sufriremos la debilidad de la carne, y las asechanzas del pecado. Sin embargo, empieza una nueva vida en Cristo por el Espíritu que nos capacita para vencer toda tentación. Esa nueva criatura ha renacido en Cristo y debe crecer diariamente en santidad, muriendo al yo que representa nuestro egoísmo, orgullo, vanidad y defectos de todo orden, gozando de paz y seguridad, porque sabemos que la victoria sobre el pecado y nuestra salvación están aseguradas pues no dependen de nosotros, débiles seres humanos, sino de Cristo resucitado que ha vencido a la muerte y al pecado. La base de nuestra salvación no es nuestra débil fe sino Cristo, nuestro redentor y salvador.

5. La lógica de la imputación de la justicia de Cristo. Paralelismo entre Adán y Cristo.

Romanos 5:12, 14, 18, 19

“12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.

18 Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. 19 Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. 20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 21 para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.”

En el verso 18 y 19 queda especialmente evidenciada la lógica de la imputación de la justicia de Cristo a los pecadores. Así como en Adán todos somos pecadores, porque, sin ser responsables, se nos imputa el pecado de Adán, por la obediencia de Cristo, se nos imputa su justicia.

6. Resultados de la justificación en nuestras vidas

Posiblemente muchos se hayan sorprendido y otros se hayan decepcionado un tanto, cuando afirmamos que la justificación no nos transforma en justos realmente. La justificación no nos hace justos. Ser justificado no significa en absoluto ser hecho realmente justo, sino ser declarado justo. Lo primero implica una transformación total de nuestra naturaleza, una infusión de la justicia de Dios en nosotros, que evidentemente no experimentamos en ese momento, ni mientras estamos en este mundo. Esa es la tarea de toda nuestra vida, ahí si interviene nuestro esfuerzo y nuestro obrar en armonía con Dios, y el cultivo de una relación íntima con el Espíritu Santo que nos va capacitando y transformando a la imagen de Jesús.

En párrafos anteriores hemos visto la relación entre ley, pecado, justo y justicia. Citamos a Juan, que definía el pecado como infracción de la ley. A Pablo, que afirmaba rotundamente que todos somos infractores de la ley, y por tanto, pecadores, que no había un solo justo, que la paga del pecado es la muerte, y que recibimos el don de la vida eterna cuando aceptamos por fe la justicia que Cristo ha obtenido para nosotros.

La justificación, pues, es un acto de Dios que tiene la condición o característica de legal o forense puesto que consiste, en primer lugar, en el perdón de todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, y en segundo lugar, en imputar o acreditar a nuestra cuenta la justicia de Cristo, que es lo único que permite que Dios nos acepte. Es la base de nuestra relación y reconciliación con Dios.

La justificación, pues, no nos convierte realmente en justos de un día a otro, ni lo pretende, solo sienta las bases para una nueva relación con Dios. Tampoco se experimenta en nuestro ser como una realidad de justicia infundida por Dios. No obstante, los beneficios que se derivan de ello para nuestra vida son inmediatos y evidentes. Se experimenta una gran paz, al confiar en Dios plenamente, y saber que hemos sido aceptados, y adoptados como hijos (Gálatas 4:4-7), ya no somos enemigos de Dios sino amigos, reconciliados por la fe en Jesús. Veamos algunos textos más que corroboran lo que afirmamos:

Romanos 5:1:

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesús.”

Para el ser humano, débil, frágil, que desde que nace sabe que ha de morir infaliblemente, por medio de la fe, sin las obras de la ley, obtiene la seguridad de la salvación, la certeza de ser resucitado en la próxima venida del Señor Jesús, y de vivir siempre con Él en la tierra nueva que el preparará para los que le aman (ver también Ap. 21: 1 – 8, Juan 14:2, 3).

Romanos 5:8-11:

“8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9 Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. 10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 11 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”

2ª Corintios 5:14-21

14 Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; 15 y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

16 De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. 17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

Sólo me resta, rogarte en el nombre de Jesús, reconcíliate con Dios si todavía no lo has hecho, y no sientas más temor, Cristo ha vencido, la victoria es nuestra y nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios en Cristo.

Romanos 8:33-39

“33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. 37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”


* Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

domingo, 25 de marzo de 2007

¿Por qué es importante la Biblia para mí?


24-03-07


Carlos Aracil Orts



Introducción.

Se dice frecuentemente cuando un niño nace en una situación o condición afortunada, que el tal niño ha nacido o venido al mundo con “un pan debajo del brazo”. Pues bien, yo creo que sería mejor que todos viniésemos a este mundo con “la Biblia debajo del brazo”, pues ¿Qué es más importante lo material o lo espiritual? ¿La vida presente o la venidera que Dios ha prometido a todos los que le aman por la eternidad?.

No muchos han tenido el privilegio de nacer en un hogar cristiano donde la Biblia fuese el centro y la base de su educación y formación espiritual. Ahora siento mucho, no haber sido educado con los grandes valores morales y enseñanzas espirituales que hay en la Biblia.

En las décadas anteriores al año 1970 había poca divulgación de las Santas Escrituras, ni casi iglesias evangélicas y suficientes misioneros cristianos, y tampoco libertad religiosa y de culto en España. Por otro lado, también he de reconocer que no tenía ningún interés por la Biblia, ni sentía inquietud por los asuntos espirituales. Lo cual es lógico, pues todo ser humano nace separado y enemigo de Dios, y, posiblemente, algunos nacen ateos, otros se hacen a lo largo de su vida, y otros son reconciliados por Dios, convertidos y nacidos de nuevo.

En mi caso, que es de lo que puedo hablar, desde la niñez he creído en la existencia de Dios, pero no entendía nada o casi nada de la religión, de la cual pensaba estaba plagada de dogmas como el de la trinidad de Dios y el de la encarnación de la Divinidad en Jesucristo, del que se decía que era verdadero hombre y verdadero Dios a la vez. Todas estos temas al no poder ser entendibles mediante la pura y simple razón, me hacían pensar que la mayor parte de la religión cristiana estaba formada por doctrinas de corte humano, aunque este criterio o creencia no estaba fundamentado en una previa, seria y consecuente investigación de la fuente de toda revelación de Dios que es la Biblia.

Empecé a leer la Biblia hace más de treinta y dos años, y he de confesar con toda sinceridad que, durante todo este tiempo, nunca fui capaz de terminar de leer todos los libros que la componen. Es cierto que algunos libros son más fáciles de leer y de entender que otros, pero todos y cada uno de ellos son la revelación de la voluntad y plan de Dios para el ser humano.

Aunque muchos de los pastores que he conocido instaban a los miembros de la iglesia, casi insistentemente, de la necesidad de conocer la Biblia con más profundidad y de los beneficios espirituales que sin duda obtendríamos para nuestras almas, no consiguieron animarme lo suficiente como para emprender un estudio sistemático y diario de la misma. Algunas veces me propuse leer diariamente una pequeña porción de la Biblia con el fin de terminar de leerla en un año, siguiendo las listas de versículos asignados para cada día, pero siempre me desmoralizaba con la lectura de algunos libros del Antiguo Testamento.

Ahora, que he comprendido lo importante que es la Biblia para mí, he decidido recientemente que leería la Biblia entera en un año. Por eso, desde el mes de octubre de 2006 hasta el día de hoy -marzo de 2007- he completado el Nuevo Testamento, iniciado el Antiguo Testamento, al comienzo de este año, y llegado hasta el libro de Jueces, mediante una lectura diaria, rogando siempre al Señor para que el Espíritu Santo me ayude a comprender, asimilar y aceptar humildemente, sin dudar un instante en su veracidad, el propósito general, y particular para mí, de la Santa Escritura.

Aunque aun me faltan unos seis meses para finalizar este plan de estudio sistemático de la Biblia, si soy capaz de seguirlo diariamente con espíritu de oración y de aceptación de la Palabra, con la ayuda de Dios, al final de este lapso de tiempo no sólo tendré la satisfacción de haber conseguido leer el “best seller” o libro más leído de la historia del mundo, sino que podré dar mejor testimonio de mi fe, sabiendo con más conocimiento, en qué y en quién he creído, y cuáles son las bases de la religión cristiana que pretendo practicar.

Razones por las que considero que la Biblia es muy importante para mi vida.

1. Porque la Biblia es la Palabra de Dios, es la verdad y tiene palabras de vida eterna:

Juan 17:17

17 Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.”

1 Tesalonicenses 2:13

13 Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.”

Juan 5: 39

39 Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”

2. La Biblia es el perfecto manual de instrucciones para la práctica de una vida piadosa, de amor a Dios y a nuestros semejantes.

Desgraciadamente durante los primeros veintiséis años de mi existencia, no conocía la Biblia lo suficiente como para saber que era el manual de Dios para la vida del ser humano. Sin embargo, de haberlo sabido, hubiera encontrado las claves, fundamentos y propósitos de Dios para desarrollo armonioso de las tres dimensiones del ser humano: cuerpo, alma y espíritu (1 Tesalonicenses 5:23).

Por eso, cuanto más temprano se inicie la educación y formación espiritual con este manual de Dios más pronto llegaran los hombres y mujeres a conocerse a sí mismos y a Dios, su Creador, así como cuál es la voluntad y propósito de Dios para sus vidas.

3. La Biblia es el alimento espiritual que me hace crecer, me madura y me da a conocer a Jesús, el pan de vida.

Al igual que el alimento físico, el pan, es necesario para el sostenimiento de la vida física, así es también la Palabra de Dios, un alimento que debería tomarse diariamente, de forma disciplinada y perseverante, mediante la lectura y estudio sistemático de la Biblia.

Jesús resistió las tentaciones cuando dijo, “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mateo 4:4), citando parte de un versículo del Antiguo Testamento que se encuentra en Deuteronomio 8:3, y que dice así: “3 Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.

Si no nos alimentamos convenientemente con la Palabra de Dios y vamos dejando de tomar la porción diaria además de no crecer espiritualmente, nos debilitaremos y no seremos capaces de asimilar las partes más sólidas o difíciles de digerir de las Escrituras.

Hebreos 5:12-14

12 Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. 13 Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; 14 pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. “

Lo más importante de la Biblia está en su mensaje central, Jesús es el Mesías, el Salvador de la humanidad, el que sostiene nuestra vida material y nos da la vida espiritual y eterna. Jesús, es el pan de vida. Los siguientes textos me convencieron de la importancia del estudio diario de la Biblia para avanzar en la vida espiritual hacia la santificación.

Juan 6:25-68

Jesús, el pan de vida.

25 Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? 26 Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. 27 Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. 28 Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? 29 Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. 30 Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32 Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: Señor, danos siempre este pan.


35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. 36 Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. 37 Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. 38 Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39 Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 40 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.


41 Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. 42 Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido? 43 Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros. 44 Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. 45 Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí. 46 No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre. 47 De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50 Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.


52 Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? 53 Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 57 Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. 58 Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente. 59 Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum.


Palabras de vida eterna


60 Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? 61 Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? 62 ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? 63 El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. 64 Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. 65 Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.


66 Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. 67 Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? 68 Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. 69 Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

¿Cómo podemos ser ahora más diligentes para estudiar la Biblia que antes?

Dejando que el Espíritu Santo obre en nuestro corazón, haciéndonos más receptivos a su Palabra. No debemos dudar de ninguna promesa de Dios, porque el no miente y es fiel para cumplirlas. Y estando persuadidos de la seguridad de nuestra salvación, caminemos incesantemente hacia la santificación. Prosigamos a la meta que es Cristo Jesús

Para eso es bueno y conveniente, leer diariamente o siempre que se pueda, las Santas Escrituras “las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús, .... y a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.”(2ª Timoteo 3:15-17).

Para llegar a la medida de la plenitud de Cristo.

Efesios 4:13:

Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

La lectura y el estudio de la Biblia son imprescindibles para avanzar hacia “la medida de la plenitud de Cristo”.

4. La Biblia es vital y esencial para mí porque me enseña a vivir “en este mundo sobria, justa y piadosamente.”

Tito 2:12

Enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente,...”

5. Porque la Palabra de Dios es luz.

Salmo 119:105

Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino.”

En este mundo de tinieblas, donde se multiplican las opciones y las encrucijadas, la Biblia me ha señalado siempre el camino recto para no desviarme ni a izquierda ni a derecha.

6. Porque la Biblia señala el camino de la vida y la oportunidad de realizarnos como seres humanos auténticos y plenos.

Es una opción de vida (Deut. 30:15: “Escoge pues la vida”).

Juan 14:6

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.”

Juan 11:25

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”

7. Porque la Biblia ha descubierto mi verdadera naturaleza.

Nuestra verdadera naturaleza es la de seres caídos, herederos del pecado original.

Romanos 5: 12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

Nuestra naturaleza es depravada:

Romanos 3:10-12: “10 Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; 11 No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. 12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”


Somos pecadores que merecemos la muerte:

Romanos 6:23: 23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”

En otro tiempo estábamos muertos espiritualmente:

Efesios 2:1-5

1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”

Éramos enemigos de Dios:

Romanos 5:10

10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.”

Incapaces de percibir las cosas que son del Espíritu de Dios porque no las podíamos entender y las considerábamos una locura:

2ª Corintios 2: 14:

Pero el hombre natural no percibe las cosas de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.”

8. Porque Jesús me ha librado de la esclavitud del pecado:

Juan 8:31-36

La verdad os hará libres

31 Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; 32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. 33 Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?

34 Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. 35 Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. 36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

9. La Biblia me ha revelado al Creador del mundo como un Dios de amor, personal, cercano, justo, santo, soberano y providente, que cuida de sus hijos, y que tiene un plan para la salvación del mundo:

Juan 3:16

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

10. Porque sólo por la Biblia he podido saber que Dios es uno en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Ninguno ser humano podía, ni por asomo, imaginar a Dios de tal manera. Por eso, al principio, esta gran verdad revelada sólo en la Biblia no la podía entender, y mi razón la rechazaba, porque no conocía las Escrituras de Dios. Más tarde, cuando lo comprobé por mismo, estudiando la Palabra, reconocí y acepté esta maravillosa doctrina. Dios es infinito, y como criaturas que somos, no podemos pretender abarcarle, sino que humildemente debemos aceptar lo que Él ha querido revelarnos.

Dios, afirma la Escritura, es uno (Marcos 12:29,30, Efesios 4:3-6, Deut. 6:4, 1 Timoteo 2:5):

Deut. 6:4,

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”.

1 Timoteo: 2:5:

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,”)

Sin embargo, también sólo por la Biblia pudimos saber que Jesucristo es Dios igual al Padre.

Jesús es Dios –segunda persona de la Trinidad, porque:

Jesús perdona pecados:

Marcos 2:5-7

5 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. 6 Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: 7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”

Jesús es adorado:

Juan 9:38.

Y el dijo: Creo, Señor; y le adoró” (Repuesta del ciego de nacimiento curado por Jesús, a la pregunta de Jesús: ¿Crees tú en el hijo de Dios?)

Uno con el Padre : Juan 10:30: “Yo y el Padre uno somos”

Por la respuesta a Felipe:

Juan 14:9, 11

Jesús le dijo:¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?... 11 “Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí”

Por la confesión del incrédulo Tomás cuando vio a Jesús resucitado:

Juan 20:28

Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!”

Por lo que dice Pablo a los filipenses que Jesús no estimó ser igual a Dios como cosa a que aferrarse:

Filipenses 2:5-11.

5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

Por lo que dice Pablo a los colosenses:

(Col. 2:9)

En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.”

La tercera persona de la Trinidad: El Espíritu Santo:

También es Dios, según la Biblia porque:

Es igual al Padre y uno con él:

Mateo 28:19.

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

2 Cor. 13:14

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”

El Espíritu Santo no es una fuerza o influencia sino una persona porque posee todas las características que la definen como tal y los atributos de Dios:

El Espíritu Santo tiene una voluntad y un parecer.

Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.” (Hechos 15:28)

El Espíritu Santo enseña

12 porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir.” (Lucas 12:12)

El Espíritu Santo habla:

Hechos 8:29 “Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro.”

El Espíritu Santo prohíbe

Hec. 16:6: “6 Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia;”

El Espíritu Santo intercede en nuestras oraciones y nos ayuda en nuestra debilidad.

Rom. 8:26

26 Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.”

El Espíritu Santo es contristado

Efesios 4:30:

30 Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Se puede pecar contra El Espíritu Santo

Mateo 12:31

31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.

Se puede mentir al Espíritu Santo .

Hechos 5:3-4

3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.”

11. La Biblia ha dado un sentido y propósito a mi vida:

La vida de los seres humanos es efímera, pues en los mejores casos su vida media es de unos ochenta años, eso siendo muy optimista. Este lapso de tiempo pasa rápido y no sin sufrimientos, pesares, tristezas y amarguras. ¿De qué podría uno vanagloriarse sensatamente al final de sus días?

Por lo general las personas buscamos en este mundo cómo ser felices y gozar de la vida. Sin duda un ateo o agnóstico se distinguirá radicalmente de un creyente en los medios que use para obtener esa felicidad o ese sentirse bien, y también en los objetivos y fines que se fije para alcanzar lo que considera el sumo bienestar para su vida. Aunque tantos los unos como los otros podemos desear lo mismo, es decir, pasar por esta vida con el menor sufrimiento posible, disfrutando lo máximo que podamos, los objetivos y los medios para tratar de conseguirlo por los creyentes serán distintos, pues éstos siempre se basarán en la ley de amor que Dios ha puesto en nuestros corazones y en la esperanza de la resurrección, en la próxima gloriosa venida de nuestro Señor Jesús.

Tito 2:11-14

11 Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, 12 enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, 13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, 14 quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Jesús me ha librado del temor de la muerte por su resurrección

Juan 5:24-29, 1 Corintios 15

24 De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. 25 De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. 26 Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; 27 y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. 28 No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; 29 y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

1 Tesalonicenses 4: 2-3

16 Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17 Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18 Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.”

La extensa maldad y violencia en que está envuelto el mundo, junto con las tragedias naturales, enfermedades, hambrunas y multitud de sufrimiento por doquier hacen pensar que la vida en este mundo no tendría ningún sentido, sino hubiese un Dios que ha prometido no desamparar a los justos y ha provisto unas moradas celestiales para ellos.

Juan 14: 2:

2 En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3 Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.”

Solamente Dios le da sentido a la existencia humana, a la vida en este mundo le añade la eternidad; y a lo terrenal y perecedero, añade la trascendencia de lo celestial.

Los cristianos, para la practica de nuestro cotidiano vivir, aceptamos el principio que se deduce de los cinco libros de la sabiduría que dice así: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría.”. Lo que significa que nuestro sentido de la vida proviene de reconocer la existencia de Dios y adorarlo.

Por otra parte, los cristianos tenemos paz para con Dios porque por la fe en nuestro Señor Jesucristo, hemos sido justificados, es decir, declarados justos, o sea, absueltos de nuestros pecados y salvos por su muerte (Romanos 5:1; 3:24). Además vivimos con la certeza de que nuestro destino final es compartir la gloria de Dios.

Apocalipsis 21:1-4

1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. 2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. 3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. “

Conclusión.

La Biblia, pues, ha dado sentido a mi vida, al enseñarme que existe una ley espiritual que viene de Dios y que debe sojuzgar a la ley de la carne, a fin de que no vivamos sólo para uno mismo, sino venzamos al egoísmo con el amor, y sirvamos y amemos a Dios con toda nuestra ser, espíritu, alma y cuerpo.

Romanos 14:7-9

7 Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. 8 Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. 9 Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.”







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